A Le Corbusier le hubiera gustado que le recordaran también como pintor. Para él la arquitectura comparte una dimensión artística con la pintura (y con la escultura, la música, la poesía...) que se pone de manifiesto en el proceso creativo y que está encaminada a emocionar al espectador que participa y se involucra en la obra.
Arquitectura y pintura se convierten de este modo en caminos diferentes para llegar a los mismos objetivos. El proyecto cubista de Le Corbusier se alcanza al final de un largo camino como resultado de un profundo estudio de la realidad (en la arquitectura, social, cultural y económica, y en la pintura la realidad cotidiana), en el que el motivo, ya sea objeto, espacio ó luz, intenta ser “conocido” en su totalidad a través del filtro personal del artista.





